Efímero.

 

En Japón hay una estrecha relación entre el arte y la naturaleza. Para ellos es un reflejo de su vida interior, que perciben como un delicado sentimiento de melancolía, casi tristeza.

 

Esta idea artística es ancestral en Japón. Desde el Manyoshu, colección de diez mil hojas, se crea el concepto llamado Sayakeshi que se basa en la idea de la belleza caracterizada por la simplicidad, el frescor y una cierta ingenuidad, otorgando un valor especial a la belleza efímera, transitoria y fugaz que evoluciona con el tiempo.

 

Más tarde, en los periodos Nara y Heian aparece un concepto llamado Aware. Que se trata de un sentimiento emotivo que sobrecoge al espectador y le lleva a una profunda sensación de empatía o piedad. A su vez transmite una sensación de tristeza o melancolía contemplativa derivada de la transitoriedad de las cosas, de la belleza efímera, que dura un instante y perdura en el recuerdo. Como la evocada por la contemplación del paso de las estaciones del año, viendo la evolución de la naturaleza, lo efímero de la vida.

 

Otro concepto es el Wabi-sabi, que se basa en la fugacidad e impermanencia. Y en la belleza basada en la imperfección, donde se encuentra la belleza en si misma.

 

La simpleza de los movimientos, por la riqueza paradójica de esa sobriedad como el movimiento de los caballos al trotar o galopar natural y despreocupado, que enmarcado en el tiempo se convierte en irrepetible, se transforma en algo efímero.

Caballo negro en movimiento sobre hoja.

 

En 1872, una discurción de unos aficionados a las carreras de caballos. Leland Stanford, presidente de la Central Pacific Railway, y unos  amigos suyos mantenían que había un instante, durante el trote largo o el galope, en que el caballo no apoyaba ninguna de sus patas en el suelo. Otro grupo afirmaba lo contrario.

 

En esa época no se conocía una manera de demostrar quién tenía razón, hasta que Leland Stanford ideó un sencillo experimento: encargó al fotógrafo Eadweard Muybridge que tratara de captar con su cámara el movimiento de su caballo de carreras Occident. En mayo de 1872, Muybridge fotografió al caballo, pero sin lograr un resultado, porque el proceso del colodión húmedo exigía varios segundos para obtener un buen resultado.

 

Muybridge desistió durante un tiempo de estos experimentos. Más adelante realizó, en 1873, logró producir mejores negativos, en los que fue posible reconocer la silueta de un caballo. Esta serie de fotografías aclaraba el misterio, pues mostraba las cuatro patas del caballo por encima del suelo, todas en el mismo instante de tiempo.

 

No trató de tomar las fotografías con una exposición correcta, pues sabía que la silueta era suficiente para poder definir la cuestión. Sus primeros intentos habían fallado porque el obturador manual era demasiado lento como para lograr un tiempo de exposición tan breve como precisaba. Así pues, inventó un obturador mecánico, consistente en dos pares de hojas de madera que se deslizaban verticalmente por las ranuras de un marco y dejaban al descubierto una abertura de 20 centímetros, por la que pasaba la luz. Con este sistema se lograba un tiempo de exposición récord de 1/500 de segundo.

 

Qué más efímero que un tiempo de obturación de una cámara, donde se captura un mínimo instante de la "realidad". Como decía Roland Barthes, la fotografía solo puede certificar un solo hecho: “esto ha sido”.