LONDRES. 1992 

BOBBIES Y EL ESTADO DEL ORDEN

 

Estación Victoria en Londres, auténtica  boca del underground. Es grande y está llena de gente, desde luego estoy perdido. Sigo avanzando mientras realizo un rastreo visual del espacio con el fin de encontrar a mi hermano, mi guía en Londres. Primero a la izquierda, luego a la derecha y finalmente hacia el frente. Sí, al fondo alguien abanando con el brazo, bien, ya lo veo, saludos y...la primera pinta de cerveza. Bajamos al metro por una escalera mecánica, luego seguimos caminando por unos  largos pasillos alicatados de blanco. Empiezo a sentir  una especie de angustia, mientras recuerdo alguna escena de película en donde alguien aterrorizado corre por estos pasillos  con claros síntomas de sufrir manía persecutoria. En la rampa donde se coge el tren me aproximo al borde de la fosa donde están los raíles, una mirada hacia los dos lados y luego hacia abajo. Unos ratoncillos libres de ser atropellados por el metro corren, sabiendo que más abajo del underground siempre se está a salvo. Este pensamiento me distrae, hasta que al levantar la mirada, una pancarta publicitaria llama especialmente mi atención. De varios metros de tamaño y colgada en la pared de ladrillos, que está al otro lado de la fosa, hay un cartel para reclutar más policías, exactamente más “bobbies”. En la imagen aparecen varios “bobbies” en primer plano y detrás de éstos, una interminable cola de más y más policías. Pero lo alucinante es el eslogan publicitario. Dice: “CONTRA LA DELINCUENCIA, MÁS  POLICIA.”, curioso planteamiento de Scotland Yard para justificar su  presencia cada vez mayor por las calles londinenses. Aunque la verdadera paradoja es que en Londres se sigue asesinando, robando, violando, extorsionando, usurpando, prostituyendo, contaminando, traficando, entre otros muchos delitos. Bien, quería contar lo del cartel para que quedara  clara la idea del “ORDEN” policial que tienen los británicos. Pero antes de comenzar a contarles la anécdota del “bobby”, me gustaría  que  pensaran  en él como si fuese aquel  policía del Londres Victoriano, que acudía al reclamo a toque de silbato  ejecutado por algún compañero, alertándolo, no sólo a él y a sus compañeros, sino a todo el mundo, incluso al delincuente,  que había sido descubierto en un posible delito. Ahora han sustituido  el ruidoso silbato por discretos radiotransmisores, pero siguen siendo los mismos  amables, correctos  y “ flemo-británicos” bobbies.



Una tarde en Leicester Square, acompañado por mi hermano y su novia, tuvimos una experiencia con los bobbies. Tras aparecer dos de éstos por ambos lados de una columna que franqueaba un portal, nos pidieron, “amablemente”, la documentación.  Posteriormente   se  nos   sometió  a  una   un   registro,  también “amablemente”.  Aunque tan solo a mi hermano y a mí, a su novia la registraría una mujer policía que venía de camino y que resultaría tan correcta y “amable” como sus compañeros. 

 

Bueno el caso es que mi hermanoo fue trasladado a la comisaría del Soho, su novia y yo no sabíamos llegar a  ésta. Así que uno de los bobbies nos mostraría el camino mientras que, “amablemente”, nos preguntaba si nos gustaba el fútbol, de qué equipo éramos... Cruzamos por  Piccadilly  y el Soho, cuando  por las miradas de la gente, me di cuenta de que ir detrás de un bobby no era la mejor manera de andar  por Londres. Follow me, decía el poli. Y entonces pasó algo que aunque exagerado, refleja  o más bien dibuja, el perfil del típico policía inglés. Siempre “amable”, correcto y educado. Pero también siempre recto, intransigente y rigurosamente estricto. Por el camino, dos chicas paran un momento su pequeño coche al  borde de la calle con el fin de preguntar por una dirección a nuestro guía, el bobby. La conductora baja la ventanilla, y acude rápido y atento nuestro poli. La conversación fue británicamente correcta y la ayuda prestada  sirvió  para que las chicas, al intentar despedirse amablemente agradecidas, acabarán sorprendidas con una amable multa por haber parado su coche en doble raya amarilla. Y sin haber casi terminado con ellas, pasan cuatro chavales que acercándose al bobby,  le preguntan por una dirección. De nuevo, todo “amable”, útil y desde luego británicamente corrrecto. Concluyó su exhibición de eficacia policial con el requerimiento de la documentación mientras nosotros, como espectadores únicos y privilegiados contemplábamos como las dos chicas en su coche y los cuatro chicos a pie seguían, su ya aclarado camino,  indignados por haber tenido que pagar semejante peaje.    

                                                                                           

                                                                                              EN LA CALLE O EN EL UNDERGROUND

 

En las calles o en el underground de Londres es habitual ver a mucha gente pidiendo para sobrevivir, durmiendo bajo algún portal arropados tan solo por cartones. Recuerdo que por mi camino habitual hacia el underground, siempre me encontraba con un viejo vagabundo que pedía limosna, apoyado en una pared de ladrillos y con una pequeña caja de cartón que le servía de monedero receptor de los peniques que los viandantes le tiraban. De esta manera, los londinenses se quitan de encima una doble carga, la del molesto cambio en peniques, moneda inútil y la carga moral. Un día, no lo encontré en el mismo sitio, en su lugar había varias cartas de condolencia y solidaridad pegadas a la pared y en el suelo una biblia y un jarrón con flores, que aquellos que siempre le tiraban los peniques le habían dejado como recuerdo por su repentina muerte. Este último gesto hipócrita aliviaría la conciencia pública de una sociedad políticamente “amable”. Ahora los peniques se los darán a otros.